sábado, diciembre 10

Emotional rollercoaster

Uf. Casi seis meses sin hacer una entrada seria. Este tiempo, euve escribiendo un poco en papel (frases, poemitas cortos), pero extrañaba estos momentos a puro teclado y reflexión. 
Al igual que en mi última entrada, la inspiración para escribir me agarró a días de rendir un final. Qué raro yo buscando excusas para hacer cualquier cosa menos estudiar. La cuestión es que, habiendo llegado al mes doce, es hora de hacer una recapitulación de lo que fue esta montaña rusa de emociones. Creo que esa es la mejor metáfora para describir este 2016: todo empezó de manera estable, como los primeros metros del carril de una montaña rusa. Una vez finalizadas las vacaciones de invierno, todo fue de arriba a abajo sin dejarme respirar. Y ahora, a días de rendir, y a semanas de terminar el año, finalmente siento que el paseo me está trayendo estabilidad de nuevo. 
Es imposible calificar este año en términos de "bueno" o "malo", porque hubo mucho de las dos cosas, y en igual proporción. Me parece que voy a empezar con lo malo, así cierro la entrada con la típica esperanza cliché de época festiva. 
El primer obstáculo que me trajo este segundo semestre fue la enfermedad de mi mamá. Le diagnosticaron cáncer de mamas, por lo que tuvo que someterse a cirugía dos veces. Después, durante su recuperación, sólo hubo incertidumbre: no sabíamos si iba a tener que pasar por quimioterapia o no. Finalmente le dijeron que nada más tenía que hacerse terapia de rayos y tomar una pastilla, lo cual fue un alivio enorme para toda la familia. Por suerte todo salió bien, pero juro que esos momentos de no saber qué iba a pasar fueron los peores. 
Mientras yo estaba lidiando con todo este quilombo de mi madre, sumado al infaltable quilombo de la facultad, me peleé con una de mis mejores amigas. No voy a ahondar en el tema porque ya nos arreglamos. Bueno, no es que hubo una súper conversación al respecto (como a mí me hubiera gustado), pero terminamos no guardándonos rencor entre nosotras. Eso es lo importante. Aún así, nada volvió ni volverá a ser lo mismo. Ya no hablamos, salvo cuando nos cruzamos en la facu. Igual, está bien. Estoy bien. La vida sigue, y los amigos van y vienen. Estoy agradecida de haberla tenido conmigo estos últimos tres años, pero algunas cosas pasan porque tienen que pasar. 
Una vez concluidos los temas de mi mamá y de mi amiga, creí que la paz iba a volver a mi vida, pero no fue así. Falleció Juan, un profesor al que quería muchísimo. Había sido mi profesor en mis dos materias favoritas y nos habíamos hecho muy cercanos. A lo largo de mi pasaje por esas materias, varias veces me había sugerido meterme a trabajar con él en su cátedra. De hecho, iba a hacerlo el año que viene. Ahora no estoy tan segura; siento que lo extrañaría demasiado. A pesar de eso, me llevo los mejores recuerdos. "Sos muy trabajadora, vas a ser una gran lingüista". Gracias Juan, por haber confiado en mí, y por haber estado siempre dispuesto a ayudarme.
A lo largo de estos meses, estuve intentando tapar la angustia por todos estos eventos con la facultad. Me obsesioné mal, y eso trajo sus frutos buenos y sus frutos malos: aprobé casi todo con 10, pero terminé tan destruida físicamente que tuve que empezar kinesiología. Ahora que sólo me queda una sesión, me doy cuenta de lo muchísimo que me ayudó a mejorar mi flexibilidad (¡finalmente me puedo tocar la punta de los pies!). Lamentablemente, las contracturas no se me fueron. Más aún teniendo en cuenta que todavía estoy estudiando. En enero, cuando no tenga que pasar horas por día sentada, me voy a poner en campaña por mi salud. Paneo empezar yoga, así arranco el 2017 bien, tanto física como mentalmente. Es por esto que decidí quedarme en mi casa estas vacaciones. Tenía algo planeado, pero lo cancelé. He aquí la historia al respecto:
Por primera vez, me iba a ir de vacaciones con amigas; destino: norte argentino. Antes de continuar, vale aclarar que soy la persona más miedosa del universo (hola, ansiedad, un placer conocerte). Ante cualquier situación desconocida, lo primero que pienso es que algo malo va a pasar. Sin embargo, es raro que ese miedo me paralice o me impida hacer cosas. Casi siempre me digo (o me dicen) "basta, Juliana, calmate", y sigo adelante, pero esta vez la situación me superó. La realidad es que venía haciéndome la cabeza con el tema de que fuéramos tres chicas "solas" en el norte ni bien habíamos empezado a planear el viaje. Me la banqué, tratando de no prestarle atención a esas cosas, tratando de convencerme de que todo iba a estar bien, y lo logré durante unos meses. Pero desde el día en que compramos el pasaje de vuelta en tren (porque de ida no conseguimos) y la idea del viaje se volvió "más real", todo fue de mal en peor. Me acostaba a la noche llorando, en pánico, pensando en todas las cosas terribles que nos podían pasar. Para colmo, me daba cosa hablarlo con mis amigas porque no quería que se enojaran conmigo. Hasta que un día dije "no puedo más" y se los conté. Les expliqué que, además de no querer pasarla mal yo, no quería ser una carga para ellas durante el viaje (¿quién quiere viajar con una amiga con cara de preocupación constante?). Por suerte, me re entendieron. Me dijeron que les daba pena que me perdiera de experimentar algo re copado por culpa del miedo (cosa con la que estoy de acuerdo), pero que me entendían. 
Creo que el hecho de que mi miedo llegara a un nivel tan extremo tuvo que ver con todo lo malo que me venía pasando, y que venía escondiendo bajo la alfombra. Pero bueno. La realidad es que estoy tan aliviada desde que lo hablé. Ojalá yoga me sirva para solucionar el tema del miedo también, ya que no es más que un efecto secundario de la ansiedad.
Ahora sí, para darle un cierre a la entrada, pasemos a las cosas lindas. Como ya mencioné, terminé aprobando todo con 9, 9.50 y 10, promocioné dos materias, y ya estoy habilitada para inscribirme a una beca de trabajo en un instituto de inglés el año que viene.
Por otro lado, ¡saqué la licencia de conducir! Al fin dejé de patear eso que tan pendiente tenía. Debo decir que todavía me da un poco de miedo estar al volante, pero todo es cuestión de práctica. 
En último lugar, pero no menos importante, empecé a estudiar jazz en mis clases de piano; algo que venía anhelando desde que empecé, hace un año y medio. Por suerte, en enero también voy a ir a seguir yendo a piano.
A modo de conclusión, puedo decir que. tanto las situaciones buenas como las malas (¡sobre todo las malas!) me abrieron los ojos, mostrándome cosas sobre mí misma que todavía desconocía. Cosas re positivas (como el hecho de que puedo lograr lo que sea que me proponga), y cosas en las que todavía tengo que trabajar. Mi promesa para el 2017 es poner toda mi atención en estas últimas. No queda otra que seguir creciendo ❤ Feliz año. 

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