sábado, julio 30

Mi campana de cristal

Hace poco estuve chusmeando mis viejas entradas y me llevé una sorpresa bastante desagradable. Aquellas estilo filosófico-reflexivas son lo único que rescato, porque si bien flashaba emo llegaba a conclusiones bastante copadas sobre la vida. Y redactaba bien. No como en este momento.
Lo que sí quise eliminar, no sólo del blog sino de cualquier cajón polvoriento de mis recuerdos, son los rastros que evidencian lo acomplejada que era, y el grado en el que eso me paralizaba la vida.
Justamente para el final que estoy preparando ahora tuve que leer The Bell Jar (La campana de cristal): una novela que cuenta la historia de una adolescente y su pasaje por la depresión, acompañada de automutilación, intentos de suicidio y demás conflictos de esa índole.
La novela me encantó desde el lado de la crítica que ofrece al rol de la mujer y la visión sobre las enfermedades mentales que regían aquella época (1960). Sin embargo, las veces que tuve ganas de cagar a palos a Esther mientras leía son incontables. Haciendo un poco de introspección, me doy cuenta de que esto está ligado al hecho de que muchos de los conflictos internos con los que lidia Esther son los mismos con los que yo lidié en mi adolescencia. No, no era maniático-depresiva ni intenté acabar con mi vida, pero, al igual que Esther, vivía hiperbolizando mis """"""problemas"""""". A decir verdad, lo sigo haciendo; está en mi naturaleza ahogarme en un vaso de agua. La diferencia es que antes esos problemas giraban alrededor de un eje central que, como resultado, afectaba todos los demás aspectos de mi vida; a saber: la percepción que tenía de mi misma.
Si estás buscando la forma más eficiente de cagarte la vida, no tener amor propio es tu mejor opción. A mí me trajo cosas bastantes jodidas que hasta el día de hoy estoy intentando sanar. Tampoco es que ahora me sienta la diosa de la autoaceptación. Sigo teniendo días en los que me levanto y me cuesta horrores encontrar algo atractivo en mí. Pero no son más que eso: días. O ni siquiera, ratos.
Volviendo a mi problema con The Bell Jar, la exasperación que me causaba el hecho de que cada dos páginas Esther tirara un comentario de mierda hacia ella misma me llevó a preguntarme "ay por Dios, ¿yo era así?". En busca de una respuesta, inicié un autostalkeo por mis viejas entradas y terminé descubriendo que sí: efectivamente, era así, y lo odié.
Sé que no debería estar avergonzada de mi pasado porque, después de todo, haber atravesado esas cosas me hizo la persona que soy hoy. Sin embargo, me cuesta muchísimo hacer las pases con mi pequeña yo. De hecho, a veces quiero creer que soy una persona distinta, una otra 'yo'. Como si en mi vida hubiera habido un corte en el que cambié de cuerpo y encerré al otro en una campana de cristal, a la que ahora miro con aires de superación.
Otros días, como hoy, pienso que me gustaría perdonarme. Sacarme del encierro, volver a dejarme entrar y aceptarme como parte de mí. Tenerme como un recordatorio, no de todo lo "malo" que fui, sino de lo mucho que crecí.

1 comentario:

  1. Para mi no hay mejor que perdonarse y seguir, aunque cuesta..

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