domingo, diciembre 21

Please get out

Jamás hubiera podido salir del pozo de haber tenido que pasar un segundo más adentro de ese ambiente que tanto me contaminaba: la secundaria. Si no hubiera dejado de estar en contacto con gente de mierda, hoy en día seguiría actuando como alguien que no soy.
La facultad es lo mejor que me pasó: es increíble cúanto podemos cambiar gracias al simple hecho de estar lejos de todo lo que nos inhibe. Y al mismo tiempo, es increíble lo fácil que volvemos a caer apenas nos volvemos a ver rodeados de todo aquello que creíamos haber borrado del mapa para siempre.
Soy una ilusa. Esta ciudad es demasiado pequeña, y tarde o temprano iba a suceder. Tarde o temprano me los iba a cruzar. 
Y sucedió. La noche de anoche fue idéntica a aquellas en las que levantaba la vista y lo único que sentía eran ganas de llorar. Ganas de llorar porque ver a esa gente me recordaba que yo no era como ellos; que, de alguna forma, yo no había venido al mundo a disfrutar mi adolescencia como los demás. Obviamente, el problema era mio. Si me sentía así era exclusivamente por culpa mía: después de todo, ellos nunca se habían tomado el trabajo de decir algo para lastimarme (Aclaro que igual son gente de mierda porque, a pesar de no haberme atacado nunca, burlarse de los demás era algo que los caracterizaba). Al verlos en el auge de su felicidad, me cohibían en límites desconocidos. 
Ya no. Ya me di cuenta que ser feliz no va en hacer todo lo que hacen los demás, sino que es algo mucho más personal. Y sin embargo...
Sin embargo, los vuelvo a ver y nuevamente siento que no puedo ser yo misma, que están juzgando cada uno de mis movimientos. Me impiden pasarla bien. 
Y no la pasé bien. Créanme que la pasé para el orto.
¿Acaso me sigue importando la opinión de esa sarta de mediocres? Espero que no porque, de ser así, me recibo de pelotuda. 

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