martes, noviembre 25

How many times will it take?

Estos últimos días estuve pensando muchísimo en todas las cosas que me quitó mi inseguridad. Y en aquellas que me puede llegar a sacar si sigo viéndome de la misma manera.
Ahora, creo que nunca me tomé el trabajo de explicar bien a qué me refiero con esta inseguridad o como quieran llamarla. Como muchos saben, es algo que engloba desde la forma en la que te ves físicamente (problema que tiene la gran mayoría, lo sé) hasta la confianza que tenés acerca de lo que podés lograr. Pero hoy tengo ganas de hacer hincapié en mi caso, a ver si me descargo un poco. Seguramente es similar al de muchos otros (hola, necesito saber que no estoy sola en esto)
Con respecto a cómo me veo con respecto a mi futuro, tengo bastante confianza. Siento que soy buena en lo que hago, porque directamente las cosas que me gustan hacer son aquellas que me salen. Eso sí, le tengo tremendo miedo al fracaso. Siempre que se viene algo importante de lo que soy protagonista (léase un parcial de la facu, una presentación de canto) pienso que algo va a salir mal. No lo puedo evitar. Como que no puedo tolerar estar a cargo de algo porque tengo miedo de arruinarlo todo. Valdría aclarar a esta altura que soy más pesimista que realista. Y lo peor es que mi miedo no viene sólo con nervios; soy la persona más ansiosa del universo. Y la ansiedad no es comerse las uñas y mover la patita (al menos, no sólo eso) La ansiedad te paraliza básicamente.
Además del fracaso, me da miedo quedarme sola. Este fenómeno se manifiesta de dos maneras: o bien estoy teniendo un día en el que me siento horrible y fracasada y empiezo a hacerme la cabeza con que nadie me quiere, o bien veo todas las cosas buenas que hay en mi y pienso que estoy sola porque la vida es una injusta de mierda y estoy destinada a tener mala suerte. De una u otra forma, la conclusión es que la aprobación del otro me importa más que la mía propia. Mal, horrible, pésimo. Hoy en día puedo decir que cambié muchísimo todo esto. Me sorprendí a mi misma con una autosuficiencia y una independencia que jamás creí que iba a encontrar. Sin embargo, mentiría si dijera que lo superé por completo, que no tengo mis momentos ni me sigo poniendo mal.
Ya lo dije en la entrada anterior: nada está mal a mi alrededor, y sin embargo convivo con esta crisis interna. No quiero aceptarla como parte de mi, aunque tantas veces me hayan dicho que eso es lo que tengo que hacer. No, insisto en seguir trabajando para eliminarla hasta el punto en el que no me lastime más ni me impida vivir mi vida plenamente. Un poco de inseguridad es necesaria, porque sino ya no habría forma de superarse a uno mismo. Pero cuando la misma influye para peor en el desempeño de tus capacidades, no está bueno que siga ahí.
Como dije al principio, tuve unos días reflexivos. Anoche, cuando me acosté, me empezaron a caer un montón de fichas de la cantidad de cosas que me perdí y me estoy perdiendo por ser así. Sobre todo ahora que se viene el verano, a.k.a el auge de los complejos físicos. Porque sé que me van a invitar a piletas, y a pesar de lo mejor que me siento ahora, todavía sostengo que prefiero sacarme las pestañas con una pinza a andar en malla, incluso frente a mis mejores amigas.
Conclusión: mi prioridad sigue siendo cambiar para mejor.
Frase cliché de abuela: la esperanza es lo último que se pierde.

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