martes, diciembre 17

Hasta siempre

El vestido ya descansa colgando de una percha. El diploma y el escudo terminaron como siempre lo imaginé: tirados por ahí. Los zapatos aguardan adentro de una caja hasta volver a ser usados. Todo indica que algo terminó.
Sí, el viernes cerré una de las etapas más importantes de mi vida. Terminé el colegio secundario, y con él me llevo miles de recuerdos de aquellos seis años tan controversiales para mi vida y para la persona que hoy soy.
No voy a ponerme cursi a recapitular todo lo que se me viene a la mente cuando vuelvo a caminar por esos pasillos, porque en general creo que todos vivimos más o menos lo mismo: hicimos amigos, nos peleamos, nos enamoramos, les tomamos bronca a algunos profesores, amamos a otros, nos aburrimos hasta el cansancio, nos reímos hasta llorar, parimos algunas materias, otras las pasamos de taquito. 
Pero hay algo más importante que rescato de este período, además de todos esos pequeños momentos: crecí como nunca en la vida. Recuerdo a la persona que era antes, me miro ahora y digo: ah la mierda, en estos seis años aprendí mucho más que resolver una función exponencial. Cambié, formé mis ideas, aprendí de algunos errores, descubrí mis pasiones, entendí muchas cosas de la vida misma y conocí personas que nunca voy a olvidar. Todo eso se lo debo al colegio, y a su forma tan linda y particular de dejarnos ser. Y todas esas enseñanzas son algo que nunca va a quedar colgando de una percha, lo prometo. 
Gracias, Nacional. 

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