miércoles, septiembre 12

Unperfect

Pensé que era cuestión de tiempo para que todo mejorara. Pero no, ahora de repente la relación con mi mamá y mi papá está peor que nunca {más que nada con ella}.
En realidad, yo me siento mal con ellos, pero pareciera que para ellos todo está bien, porque nunca les discuto nada. Simplemente dejo que me digan lo que quieran, que se descarguen, que me tiren a la mierda y luego hago como si nada hubiera pasado.
Me molesta, porque se supone que mi propia casa es el lugar donde me tendría que sentir protegida, cómoda y en un buen ambiente, pero siento que es todo lo opuesto a eso.
Ya ni siquiera puedo recordar la última vez que mi mamá me preguntó cómo estaba. Y ni hablar de la última vez que me dijo te quiero...
Anoche tuve una pelea horrible con ellos; una de las peores. Me fui a la cama quebrada en dos, pero mi mamá ni siquiera se dio cuenta. Lloré absolutamente toda la noche y escuché música depresiva porque estaba tan sola que ya era necesario identificarme con algo. Hoy me levanté un poco mejor pero no la había visto a mi mamá en todo el día y recién, cuando entré a mi casa, su saludo fue "sos una estúpida". Empezó a retarme porque mi papá me había ido a buscar y yo me había vuelto caminando sin esperarlo. No es mi culpa si no me avisan.
Por otro lado, odio la manía que tiene con compararme con los hijos de sus amigos. Que uno está estudiando en Francia, que otro habla cinco idiomas, que siempre se rompieron el lomo estudiando.
Primero y principal, esos hijos tiene otra realidad económica. Y segundo, si no les gustan los hijos que tienen, que se la banquen, porque no pensamos cambiar.
Odio cuando son así. Les encanta refregarnos en la cara lo imperfectos que somos... sobre todo a mi. A mi hermano menor no tanto porque todavía es chico. Y odio decir esto, pero mi hermano mayor es el preferido. Se ve a 500 kilómetros de distancia. Diez y ocho años, atlético, estudiante de derecho, ya aprobó sus primeras dos materias, tiene una novia hermosa, juega al básquet y es uno de los mejores del equipo, toca la batería, el uquelele, tiene una banda. Podría nombrar veinte cosas más pero, sinceramente, me deprime.
Lo más triste de todo es que soy la que más intenta hacerlos sentir orgullosos, pero a la vez soy la pelotuda que llora todas las noches.
Estoy harta. Harta de no ser lo que ellos quieren y harta de que me lo recalquen todo el día.

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