martes, septiembre 18

Remind

Ayer, luego de un estresado día lunes, llegó la noche, cenamos y, según el criterio de mi hermano, era mi turno de lavar los platos.
Resulta que frente al lavadero, está la ventana que da al patio, y por consiguiente, a la casa de mi abuela. El noventa por ciento de las veces que tengo que lavar los platos, lo hago a la velocidad de la luz, para terminar rápido y poder irme a hacer otra cosa. Pero ayer, por alguna razón, estaba bastante reflexiva y comencé a lavar lento, repasando cada esquina del plato, vaso o lo que sea; todo estaba quedando impecable.
Al mismo tiempo, miraba la ventana que me funcionaba de espejo. Nunca se me había dado por acomodar el "foco" de mi vista y ver a través de ella (No sé si se entiende, pero algunas veces mirás algun vidrio y vez tu propio reflejo, no a través de él). Esta vez lo hice, y me encontré con que mi abuela estaba en su casa, frente a su ventana (que da de frente a la mia) también lavando los platos. Por alguna razón la coincidencia me causó risa, y la saludé con la mano a ver si me veía. Estuve minutos intentando captar su atención, pero no lo logré; ella abandonó la cocina.
La llamé por el portero y le dije que hacía rato que la estaba saludando y no me daba bola. Se rió y me dijo "ahora voy y te saludo".
Al punto que quería llegar es que, hacía veinte días que no iba a visitar a mi abuela...A mi propia abuela, cuya casa está en mi patio. Empecé a sentirme horrible porque sé lo mal que le hace a ella que nadie la visite; aún no está acostumbrada a la soledad. Me pregunté a mi misma ¿por qué no fui capaz de ir a saludarla en tantos días?
Supongo que, como dije en una entrada anterior, me pasó eso de acostumbrarme a algo y dejar de notar su presencia. Mi abuela siempre vivió en un pueblo a quinientos kilómetros de mi. La veía una vez por mes, o cada dos meses. Cuando se vino a vivir acá, la tuve tan cerca que los primeros días me la pasaba adentro de su casa, como intentando recuperar el tiempo que nunca habíamos tenido juntas. Pasaron los meses y cada vez fui a visitarla menos; día por medio, cada cinco días, una vez por semana...hasta que llegué al punto de dejar pasar veinte días sin ir a su casa.
La volví a llamar al portero y le propuse ir a verla un rato antes de irme a dormir. Fui, miramos Capusotto, tomamos té y nos morimos de risa. Me causó tanta inquietud el hecho de cómo una persona puede transformar algo en cotidiano y olvidarse de que existe; fue bueno poder darme cuenta.
A propósito, ahora está lloviendo y me siento la persona más feliz del mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario