viernes, agosto 11

Números

Ayer recibí los resultados de dos exámenes. A la mañana, me llegó por mail la nota del final de Francés: un 8; a la tarde, fui a la facultad a buscar el parcial de Lengua Inglesa: un 6.
Cuando salí de la facultad tenía una hora libre hasta mi horario de entrada al trabajo, por lo que decidí caminar por el centro para hacer tiempo. En el camino, lloré por las notas. Odio admitirlo, pero lloré por las notas porque había pensado que me iba a sacar más de 9 en las dos, sobre todo en Francés. Además, cuando fui a buscar el examen de Lengua, llevé también el de una compañera que está enferma y me había pedido si yo se lo podía retirar. Esta compañera es Guada, una persona por la que siento una profunda mezcla de admiración y envidia. Admiración porque cuando leo sus trabajos me doy cuenta de que sus dieces los tiene merecidísimos: no es una chanta con suerte, sino una alumna super eficiente, responsable y laburadora, y mi felicidad por su éxito es 100% honesta. Ahora bien, la envidia aparece cuando me doy cuenta de que yo también soy eficiente, comprometida y doy todo de mí, pero mi "todo" nunca parece ser suficiente para el 10. Ahí es donde me contradigo: siempre le digo a mis amigos universitarios y a mis alumnos que no se dejen definir por los números, que el conocimiento no se puede medir en una escala del 1 al 10, y que no siempre lo que llega a expresar en un examen refleja lo que uno tiene en su cabeza. En suma, siempre digo que lo importante es entenderlo uno y estar contento con eso, no demostrarle al profesor que uno lo puede recitar de memoria. Y aún así, ahí estaba yo, en el semáforo de 13 y 46 con mi 8, mi 6 y mis lágrimas, haciendo cuentas en el aire para ver cuál es mi promedio, sintiéndome culpable por no estar conforme con mi 8,533333 infinitos 3.
Para colmo, soy de esas personas que, cuando se sienten tristes por algo concreto, piensan en otras "falencias" de su vida y las transforman en palas para seguir cavando el pozo de sufrimiento. Así, la tristeza por las notas se maximizó y pasó a incluir a la tristeza por mi miedo a manejar, por tener mil series de TV inconclusas, por comer bastante saludable, pero no tan perfectamente saludable como yo quisiera, por no encontrar un chico que me de la misma bola o la pelee por mí de la misma forma que yo la peleo por él, etc. etc. etc. Por suerte, cuando mi pozo estaba por llegar al centro de la Tierra, llegué a la puerta del instituto. Para evitar llorar, me puse enseguida a preparar la suplencia que tenía que dar esa tarde. Me senté con los libros en un aula vacía y trabajé, trabajé, trabajé. Al rato entró Moni, una de las dueñas del instituto, y me dio las gracias por poder reemplazar a Vivi (la otra dueña), y por haber tenido el compromiso de ir antes al instituto para preparar la clase, a pesar de que nadie me lo hubiera pedido. Cuando se fue, sonreí, y me acordé del mensaje que me había mandado Vivi esa misma mañana cuando me preguntó si la podía reemplazar: "Gracias Juli, la salvadora de papas 2017!". Con este comentario se refería a todas las suplencias y reemplazos que hice este año, a todas las horas extra que trabajé, al curso que tomé ni bien una de las profesoras renunció, a que nunca jamás falté ni llegué tarde... en suma, a todo mi compromiso con el trabajo. Y ese pequeño acto de reconocimiento, ese título chistoso de "salvadora de papas", me trajo a la mente un montón de pensamientos positivos, y éstos fueron la soga que me sacó del pozo.
Qué curiosa es la mente humana: en ella reside tanto el poder de hundirnos como el de sacarnos a flote. Lo importante es entender que no somos unos locos por cavar nuestro propio pozo, ni por hacernos sentir miserables a propósito. La estabilidad mental no está definida por el número de veces que nos dejamos caer, sino por el número de veces que tenemos la valentía de levantarnos y de elegir mejorar.

domingo, julio 9

Dejame

Dejame mostrarte quién soy. Dejame mandarte memes. Dejame hablarte de series. Dejame hacerte reír.
Dejame revivir la sensación de tu mano en mi cara cuando me das un beso. Me dejo. Me dejo ir más allá de tus besos. Me dejo que me veas. Me dejo que me toques. Pero dejame. Dejame sentirte.
Dejame intentar y equivocarme. Dejame aunque sea intentarlo. Dejate intentar y equivocarte. Dejate aunque sea intentarlo. Lo más lindo nunca está atrás de lo más fácil.
Salí de la zona de confort. Arriesgate, yo me arriesgo, ya te lo dije. Dejame ser la única. Dejame mostrarte que no tiene por qué ser tan malo. Dejémonos ver qué onda esto del amor.

martes, julio 4

Pain In Two Parts

I

Nos dijeron que el dolor nos atormenta
que nos cubre, que nos tapa
que nos ahuyenta
Nos dijeron que en él nos sumergimos,
que cavamos nuestro propio pozo,
que viajando le huimos
Nos dijeron
sin querer (supongo,
o quiero suponer)
que el dolor está afuera
que es un extraño
un fantasma
una figura ajena

II

No nos dijeron que el dolor nos corre por las venas
no nos cubre, no nos tapa
sino que nos llena
No nos atormenta
sino que nos devora
nos carcome, nos fragmenta
No nos dijeron que ni el sol más fuerte del caribe
puede contra esa interna tormenta
No nos dijeron que al dolor no hay que buscarlo
no hay que encontrarlo
sino que hay que reconocerlo
No nos dijeron que no hay figura
no hay sombra
sino que hay reflejos
No hay monstruos ni fantasmas
sólo hay espejos

miércoles, abril 19

Ensayo para la facultad

On God
Juliana Tudda
‘Do you believe in God?’ is a question most people do not find difficult to answer. That clearly does not include me. Most of the times, I simply take a shortcut and say ‘no’ dismissively, but that always makes me feel extremely uneasy. Almost guilty.
When I say I do not believe in God, I am referring to the cliché character invented by Christianity: that superior man who sits around in Heaven, judges our actions and forgives us for our sins. However, though I am not religious in the least, I consider myself a ‘believer’. I do believe in a ‘God’ that represents a greater force, the energy of the Universe, as opposed to a God we ask things from through prayer, or a God that teaches us to hate gay people. My ‘God’ is like a watchmaker who puts all of us on the path we are meant to walk.
I am not saying that human will does not determine our faith. If you are born into poverty, that is not the Universe’s plan for you: that is capitalism, a system created by men for men. But when it comes to uncontrollable factors, such as the people who come into our lives, I take a much more spiritual explanation. Everyone we cross paths with is meant to teach us something that will redirect our journey. Even those who come, hurt us and leave arrive for a reason: they are there to teach us the art of letting go.
I am not going to lie. It is not easy for me to assert that ‘everything happens for a reason’, or that ‘God knows best’ when war, poverty, rape and murder are everyday matters. I always find myself walking the tightrope between being observant of every horrible thing going on in the world and appreciating God’s Universe the way I think it was intended to be appreciated.
However, I believe underneath human greed, evil and selfishness lies an ignorance of this greater force. When it comes to me, whenever I hit rock bottom, it is precisely the convintion that God has a plan for me that keeps me going. Perhaps, if more people realised that there is something bigger than all of us; that being alive, today, in the immensity of this planet, which has room and resources to accommodate every living creature is more than a simple coincidence, they would not feel the need to destroy everything we were given. And that which we were given, that which is bigger than all of us; that is God to me.