sábado, octubre 28

Quiero saber qué pensás.
Qué pensás de mí, de cómo te miro, de lo que te digo.
Quiero saber si todavía tengo chances de volarte la cabeza,
porque quiero volarte la cabeza,
mucho.
Pero tu silencio es tan desgarrador.
No hay peor condena que la incertidumbre.
Por favor enfrentame, hablame, decime en la cara que no te intereso si ese es el caso.

No tengo derecho a pedirte nada, ese es el problema.
Ese es mi problema.
Yo siempre soy la que pone quinta cuando el otro todavía ni prendió el motor,
y ese es mi problema.

Mi problema es la ansiedad, me dicen, y eso va a arruinar los vínculos que forme en mi vida.
Pero no.
No tengo un problema de ansiedad.
Tengo el problema de amar y no recibir nada a cambio.
Amo a la gente de la misma forma que respiro: sin esfuerzo, como si fuese a morirme si no lo hago.

Tu problema es que no hay correlato entre lo que decís y lo que hacés.
Sos un manojo de contradicciones de las que no sé si sos consciente.
No hay correlato entre tu sosegado andar por la vida y la ansiedad de tus manos cuando me tenés en frente.

Tu problema es la inseguridad, me dicen, es obvio que le gustás.
Pero no.
No tengo un problema de inseguridad.
Tengo el problema de que me quiero lo suficiente como para creer que me merezco lo mejor.

Pero tu silencio es tan desgarrador.
No hay peor condena que la incertidumbre.
Por favor enfrentame, hablame, decime en la cara que no hay lugar para mí en tu vida.

Te juro que mi corazón roto, mis desilusiones, mis expectativas destrozadas y yo nos vamos a alejar,
te vamos a dejar en paz,
no te vamos a molestar más,
te lo juro.
Pero hablame.

domingo, septiembre 10

Ensayo para la facultad 2

A different me
Juliana Tudda


Not too long ago, I was going through the pages of the journal I kept as a teenager, and I was taken aback. Of all the entries, I liked those which were quite philosophical, where I reflected upon the meaning of things, because I reached some interesting conclusions for a fifteen-year-old. But the unpleasant surprise came with those which revealed how self-conscious I was, and the way that kept me from living life to its fullest. I almost felt the urge to tear out the pages and set them on fire. I thought exactly what l think when I see pictures of myself from those years, which, in addition, were the years when I was on the verge of obesity: ‘I hate this girl’.  
When I read The Bell Jar by Sylvia Plath, I also felt the urge to set it on fire. I loved the criticisms of mental health treatment and the role of women in the 1960s, but I cannot begin to count the number of times I wanted to punch Esther, the main character, in the face. If I engage in some introspection, I realise that this is linked to the fact that some of the issues she deals with are those which I dealt with when I was younger. No, I was not manic-depressive, nor did I try to kill myself, but I did make a big deal out of non-existent problems. Nowadays, I still face challenges, but at least they no longer revolve around self-loath. The thing is, in a way, I saw my younger self reflected in Esther, and I did not like that at all.  
In the novel, she also has what psychologists call ‘out-of-body experiences’, that is, a feeling of being outside of your body, as if observing yourself from a distance. That is exactly how I feel when I look back at my high school years: like teenager Juliana is an entirely different person. Actually, I believe most of us do. I always wonder who invented the phrase ‘high school years are the best of your life’, because I have yet to meet anyone who can identify with it.
When I started college, I saw the perfect opportunity to become the person I always wanted to be. Nobody knew me or what I used to be like. So I did a complete 180 in terms of appearance by losing weight and wearing nice clothes and makeup. It is not that I became superficial: I had always loved everything beauty-related, but I used to think I was not worthy of it because I was not beautiful. Personality-wise, I started to pretend I was confident and outgoing, until I noticed the positive impact those qualities had in my life and they grew on me. In other words, I faked it till I became it.  
No, I am not the queen of self-acceptance. I, like all, still have my moments, but now I know I do not have to love every single thing about me in order to be happy: I just have to embrace what I like and accept what I do not. That is precisely why I should not be ashamed of my past, the main thing I do not like. After all, overcoming self-hate shaped me into the person that I am today.
At times I find it very hard to make peace with my younger self. I feel as if there had been a cut in my timeline where I changed bodies, and locked the old one inside a bell jar that I now look down on. But there are days, like today, in which I think I would like to come to terms with myself; forgive me, release me from the jar and embrace my past, not as reminder of how ‘flawed’ I was, but of how much I have grown.

viernes, septiembre 1

Siento que soy porque te invento

No sé qué quiero decirte. Sólo sé que quiero hablarte. Ya sé, ya sé. Ya sé que lo que quiero no es más que el resultado de una imagen idealizada en mi mente. Ya sé. Ya - lo - sé. Pero lo que no sé es por qué, a pesar de saber que no sos más que lo que quiero ver, preferiría arrancarme los ojos a ver cómo te alejás.

viernes, agosto 11

Números

Ayer recibí los resultados de dos exámenes. A la mañana, me llegó por mail la nota del final de Francés: un 8; a la tarde, fui a la facultad a buscar el parcial de Lengua Inglesa: un 6.
Cuando salí de la facultad tenía una hora libre hasta mi horario de entrada al trabajo, por lo que decidí caminar por el centro para hacer tiempo. En el camino, lloré por las notas. Odio admitirlo, pero lloré porque tenía la expectativa de sacarme +9 en las dos, sobre todo en Francés. Siempre le digo a mis amigos que no se dejen definir por los números, que el conocimiento no se puede medir en una escala del 1 al 10, y que no siempre lo que uno expresa en un examen refleja lo que uno tiene en su cabeza. En suma, siempre digo que lo importante es entenderlo uno y estar contento con eso, no demostrarle al profesor que lo podés recitar de memoria. Y aún así, ahí estaba yo, en el semáforo de 13 y 46 con mi 8, mi 6 y mis lágrimas, haciendo cuentas en el aire para calcular mi promedio, sintiéndome culpable por no estar conforme con mi 8,53333infinitos3.
Para colmo, soy de esas personas que, cuando se sienten tristes por algo específico, piensan en otras "falencias" de su vida que no tienen nada que ver con el tema, sólo para seguir cavando el pozo de sufrimiento. Así, la tristeza por las notas se maximizó y pasó a incluir a la tristeza por mi miedo a manejar, por tener mil series de TV inconclusas, por no encontrar un chico que me de la misma bola o la pelee por mí de la misma forma que yo la peleo por él, etc. etc. etc. Por suerte, cuando mi pozo estaba por llegar al centro de la Tierra, llegué a la puerta del instituto. Para evitar llorar, me puse enseguida a preparar la suplencia que tenía que dar esa tarde. Me senté con los libros en un aula vacía y trabajé, trabajé, trabajé. Al rato entró Moni, una de las dueñas del instituto, y me dio las gracias por poder reemplazar a Vivi (la otra dueña), y por haber tenido el compromiso de ir antes al instituto para preparar la clase, a pesar de que nadie me lo hubiera pedido. Cuando se fue, sonreí, y me acordé del mensaje que me había mandado Vivi esa misma mañana cuando me preguntó si la podía reemplazar: "Gracias Juli, la salvadora de papas 2017!". Con este comentario se refería a todas las suplencias y reemplazos que hice este año, a todas las horas extra que trabajé, al curso que tomé ni bien una de las profesoras renunció, a que nunca jamás falté ni llegué tarde... en suma, a todo mi compromiso con el trabajo. Y ese pequeño acto de reconocimiento, ese título chistoso de "salvadora de papas", me trajo a la mente un montón de pensamientos positivos, y éstos fueron la soga que me sacó del pozo.
Qué curiosa es la mente humana: en ella reside tanto el poder de hundirnos como el de sacarnos a flote. Lo importante es entender que no somos unos locos por cavar nuestro propio pozo, ni por hacernos sentir miserables a propósito. La estabilidad mental no está definida por el número de veces que nos dejamos caer, sino por el número de veces que tenemos la valentía de levantarnos y de elegir mejorar.